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Seis aviones Boeing 747 cargados de niños se estrellan cada día

La noticia no es exacta en su forma, pero sí en el fondo: 6.900 menores de cinco años mueren de hambre cada día en el mundo. Son datos de UNICEF, pero no se trata sólo de hablar de cifras, sino de ponerle rostro a una realidad perversa que afecta a una parte numerosa de la humanidad. Me cuesta entender estas cifras escandalosas.

Incluso ni una semana de ayuno (con la nevera llena no tan lejos) intentando experimentar el desgarro de esa privación, puede acercarse ni de lejos a la realidad de no poder acceder a alimentos, ni saber cuándo se podrá.

Más de 30 años como ONG trabajando en países empobrecidos y el mayor desafío al intentar luchar contra el hambre es que se tiene que comer cada día, parece una afirmación obvia y hasta cierto punto estúpida, pero es así: hoy suples la necesidad, pero mañana vuelve a haber hambre, nada se resuelve aparentemente.

Cuando hace algo más de dos siglos el pastor anglicano Thomas Malthus teorizó sobre las limitaciones de la producción de alimentos frente al crecimiento de la población, augurando un futuro de hambre, se equivocó de plano en cuanto a la capacidad productiva, pero no en cuanto al azote del hambre. Tampoco se equivocó al negar la teoría imperante de la “perfectibilidad” del hombre y por su oposición al optimismo heredado de la Ilustración. Muchos filósofos y pensadores creían en la evolución futura de la razón, de la ciencia, de la técnica y de la capacidad ilimitada de mejora de la sociedad, compuesta por hombres buenos y libres. Guerras y más guerras, cientos de millones de muertos nos dicen que tenía razón en buena parte de sus postulados.

Según la ONU se producen alimentos suficientes para 12.000 millones de personas, mientras que la población mundial no llega a los 7.000 millones. Así que en esto se equivocó; la humanidad produce más alimentos que nunca, pero el número de muertos por no tener acceso a ellos supera cualquier registro histórico.

Según la ONG “Save the Children” se calcula que una persona muere de hambre cada cuatro segundos. Son cifras intolerables especialmente cuando conviven con una sociedad opulenta que pierde o desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano, lo que representa alrededor de 1.300 millones de toneladas al año. Mas allá de la especulación con los precios de los productos, y los problemas de redistribución, los propios hogares tiran a la basura 569 millones de kilogramos de alimentos.

Se ha especulado mucho sobre la solución de este drama humanitario: educación y concienciación, leyes que restrinjan el acopio de productos básicos por las grandes empresas transnacionales especuladoras, etc. No vamos a entrar en ello, tal vez el problema es más profundo y está enraizado sobre una sociedad, un edificio construido con personas, con ladrillos, que están individualmente malogrados y que son espectadores impasibles de esos seis aviones cargados de niños que se estrellan cada día.