Crónica de un viaje de reencuentros
El pasado 1 de julio volví a Mozambique, tras un año de ausencia marcado por la pérdida más dolorosa de mi vida: la muerte de mi hijo David, a los 49 años. Su partida me detuvo en seco, interrumpiendo por primera vez, en más de tres décadas, mi compromiso anual con este país que siento como parte de mí.
Durante más de 30 años he viajado a Mozambique en labores de cooperación y ayuda humanitaria, con estancias de entre uno y tres meses cada año. Nunca había faltado. Esta vez, el viaje tenía un sabor distinto: mezcla de duelo, esperanza, reencuentros y silencios.
Viajé junto a Mary Acebal, misionera y amiga, que estuvo residiendo más de 18 años en Mozambique como coordinadora de los proyectos de Dignidad.
Mozambique sigue siendo uno de los diez países más empobrecidos del mundo. A pesar del descubrimiento de grandes riquezas mineras, la corrupción y una injusticia estructural siguen impidiendo que ese potencial beneficie a su gente. Las cifras macroeconómicas pueden hablar de desarrollo, pero la realidad cotidiana grita otra cosa.
Encontramos una sociedad herida, frustrada tras las elecciones presidenciales de octubre de 2024. Las acusaciones de fraude y corrupción contra el partido gobernante, en el poder desde 1994, han provocado una gran desafección ciudadana y un sentimiento generalizado de frustración.
Los primeros días los dedicamos a reencontrarnos con viejos amigos y a resolver, con la paciencia que requiere, los trámites burocráticos con el Ministerio de Educación y el de Negocios Extranjeros, necesarios para renovar los permisos de actuación como ONG.









Maputo, la capital, se ha transformado en una ciudad con un tráfico caótico y creciente desigualdad. En el centro, la construcción no cesa; en la periferia, la falta de saneamiento y transporte convierte la vida diaria en una lucha constante. Es como si fueran dos ciudades distintas que apenas se rozan.
El 5 de julio volamos hacia el norte, a Pemba, capital de la provincia de Cabo Delgado, en un pequeño avión de hélices. Allí nos esperaba Quilasse, nuestro coordinador, que había alquilado un taxi para llevarnos a Montepuez. Fueron 200 kilómetros en cuatro horas y media, por una carretera fatigada de tanto olvido.
En Montepuez visitamos centros de alfabetización, muchos de ellos ubicados en zonas de reubicación para personas desplazadas por el conflicto con los grupos integristas islámicos. Aquella experiencia me atravesó el alma. Escuchamos testimonios desgarradores: mujeres y hombres que habían huido de la barbarie de los ataques integristas; relatos de violencia, mutilaciones, asesinatos… Historias que estremecen, que rompen el corazón. Sin embargo, en medio de tanto dolor, encontramos luz: el coraje de aquellas mujeres —la mayoría del alumnado— que veían en la alfabetización un acto de resistencia, una puerta abierta a un futuro mejor. Su determinación me conmovió profundamente.
El 12 de julio emprendimos el regreso a Pemba. Antes de partir, pregunté al taxista si llevaba rueda de repuesto. “No llevo”, me dijo con naturalidad. “Nunca he pinchado”. Una hora después, por supuesto, pinchamos. El conductor detuvo a un joven en moto y juntos se fueron con la rueda a buscar algún lugar donde repararla. Una hora después estaban de vuelta, y seguimos nuestro camino por esa carretera infernal, donde raramente se puede superar los 30 o 40 km por hora.
Del 13 al 19 de julio permanecimos en Pemba, acompañando a Alejandro y Silvia, una pareja misionera al frente de la organización “Povos que Lêem”. Visitamos varios centros de alfabetización en la ciudad y sus alrededores. Pemba, bañada por las aguas del Índico, es una ciudad hermosa, con islas y playas de coral. Allí, la mayoría del alumnado son residentes, no desplazados, aunque también escuchamos relatos cargados de dolor. Nadie en el norte de Mozambique está del todo a salvo del conflicto.
El 19 de julio regresamos a Maputo, y el 21 volamos rumbo a Madrid, vía Doha. Finalmente, el 22 de julio, gracias a Dios, llegamos a Ibiza. Una maleta se quedó por el camino durante una semana, pero el corazón volvió lleno. Lleno de nombres, de abrazos, de historias y heridas que no se cierran, pero que encuentran alivio en la cercanía, en la educación, en la dignidad compartida.
