Volver a Mozambique: 30 años después, el corazón sigue latiendo fuerte
En unos días regreso a Mozambique, un país que llevo en el alma desde hace más de 30 años. Tres décadas dedicadas a apoyar a comunidades e iglesias empobrecidas, acompañando procesos, compartiendo caminos, aprendiendo a mirar el mundo con otros ojos. Y, sin embargo, cada viaje sigue despertando en mí la misma emoción, la misma expectativa, la misma necesidad de estar allí, de volver a tocar la tierra, abrazar a la gente, escuchar lo que el corazón no olvida…
Esta vez viajamos al norte, a Cabo Delgado, y Mary Acebal me acompaña. Es una región golpeada duramente por la violencia y el conflicto armado. Más de 800.000 personas han huido del horror del integrismo islámico. Visitaremos los campos de desplazados con sus historias terrible de dolor, pero también de resiliencia: una hoja verde en tiempo de sequía.
Volveremos a encontrarnos con amigos queridos, como nuestro coordinador del programa de alfabetización en la región de Montepuez: Quilasse y su esposa Sara, con quienes hemos compartido mucho más que trabajo: vida, fe, luchas y sueños. También será una alegría reencontrarnos con Alejandro y Silvia, misioneros argentinos en Pemba.






Volver a Mozambique no es solo un viaje físico. Es un regreso al origen. Es recordar por qué decidí dedicar mi vida a esto. Es renovar la pasión por un pueblo que me ha enseñado tanto sobre resiliencia, comunidad, alegría en medio de la escasez, y la fuerza de lo esencial.
No ignoramos las dificultades. Pero en medio de la guerra, de la pobreza, de los desafíos enormes que enfrenta el país, también late una esperanza profunda. Y mientras haya personas que crean, que resistan, que trabajen por el bien común, seguiremos volviendo.
