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Rostros detrás de las cifras

Queridos amigos y colaboradores de Dignidad,

Acabamos de regresar de Mozambique. Entre el 10 y el 23 de julio, una parte del equipo —el resto permanece sobre el terreno hasta finales de agosto— estuvo en la provincia de Cabo Delgado, principalmente en el distrito de Montepuez. Viajar a esta tierra es siempre una experiencia intensa, y este viaje nos deja, una vez más, una huella que no se olvida fácilmente.

Como muchos sabéis, la violencia de grupos integristas armados en la región ha provocado una crisis humanitaria de gran magnitud: más de un millón de personas se han visto obligadas a huir de sus hogares. Quienes no cuentan con familia que los acoja malviven hoy en campos de desplazados, en condiciones de fuerte carencia material y emocional.

El dolor tiene nombre y apellidos

Es habitual leer en la prensa cifras: miles de víctimas, cientos de miles de desplazados. Como ocurre con otras grandes tragedias colectivas, los números terminan por difuminar la realidad que representan. Solo cuando esas cifras adquieren un rostro —un nombre, una historia— comprendemos su verdadero peso.

Durante nuestras jornadas de supervisión de los proyectos de alfabetización, escuchamos de primera mano ese sufrimiento con nombre y apellidos:

Fátima Yassini nos relató, con una serenidad que impresiona, cómo presenció el asesinato de su tío a manos de los insurgentes.

João Cheia, padre de familia, huyó con sus cuatro hijos; los cuatro murieron durante la huida.

Lucía Fernando compartió con nosotros la pérdida de su hermano en circunstancias igualmente violentas.

Son decenas y decenas de historias similares. Relatos de huidas desesperadas a través de la floresta, donde el hambre y la sed obligaron a muchas familias a tomar la decisión de dejar atrás, en los senderos, a los hijos que no lograron sobrevivir.

Una luz en medio de la penumbra

En este contexto, el propósito de Dignidad cobra más sentido que nunca. Actualmente apoyamos 23 centros de alfabetización que atienden a casi 400 alumnos y alumnas, la gran mayoría ubicados dentro de los propios campos de desplazados. Allí, aprender a leer no es solo una herramienta para el futuro: es un espacio de normalidad y dignidad en el presente.

Acompañar a estas personas mientras aprenden a leer y escribir en sus lenguas nativas —makonde y makua— es un testimonio de resiliencia. En aulas improvisadas, muchas veces bajo un árbol, la palabra escrita se convierte en un territorio recuperado: una identidad que la violencia no ha logrado borrar.

El regreso a casa

Volvemos con una sensación difícil de resumir. Es inevitable sentir que lo hecho es poco frente a la magnitud de lo vivido por estas familias. Pero también volvemos con la certeza de algo concreto: cada mirada, cada nombre, cada avance de los alumnos en Montepuez son reales y tienen sentido. Aprender a leer y escribir ayuda a sanar, y los alfabetizadores cumplen, en su medida, un papel reparador en medio de una comunidad herida.

Vuestro apoyo es lo que sostiene esos 23 centros, donde hoy se responde a la violencia con educación y dignidad. No podemos cambiar todo el contexto, pero para esas 400 personas, vuestra ayuda lo cambia todo.

Gracias por seguir caminando a nuestro lado.

Con gratitud y compromiso,

El equipo de ONG Dignidad